Estaban almacenados desde la década del '50 en un depósito de alta seguridad
Entre estos se encontraban proyectiles con gas mostaza, un agente químico potencialmente mortal; por lo tanto, fue necesaria la intervención de robots, los cuales tuvieron que perforar, escurrir y lavar cada proyectil con el agente mostaza, y después, para su completa eliminación los hornearon a 815 grados.
Luego de este proceso, todo el material terminaba como chatarra sobre una cinta transportadora a un contenedor normal para su desecho.
"Ese es el sonido de un arma química muriendo", dijo Kingston Reif, quien pasó años presionando por el desarme fuera del gobierno y ahora es subsecretario adjunto de Defensa para la reducción de amenazas y el control de armas.